La gente de Puerto Rico es de otra pasta

Héctor Andrés Vicente, Odsider

Ponce no deja de temblar, el viento sopla racheado y se cae el cielo por momentos. Llegamos al Yunque y por la carretera que subía la montaña veíamos un bosque salvaje que no dejaba de asombrarme. Saludamos a Tana y no puedo ocultarle lo maravillado que me siento. «Esto que ves solo tiene dos años» dice ella, pues Irma y María, 2 huracanes de categoría 5 lo arrasaron por completo. Ella lleva muchos años en la isla y está acostumbrada a la resiliencia de sus ecosistemas.


El US Forest Service está trabajando en un experimento único. Calentando con radiación infrarroja una zona delimitada de bosque tropical, pretende demostrarle al mundo que tenemos que frenar el calentamiento global, ya que como empiezan a mostrar sus resultados, el aumento de la temperatura afecta negativamente a la capacidad de las plantas y árboles de absorber CO2. Me voy del Yunque con una sensación agridulce, se está haciendo de noche y me llegan más noticias de temblores. Nosotros tenemos que seguir grabando.

Nos levantamos bien temprano y nos preparamos para ir a la reserva de las Cabezas de San Juan. Leonor nos recibe y nos lleva directos al manglar. Lo que veo al caminar por allí es tan imponente como lo que vi ayer. Los manglares son árboles diseñados para vivir donde no viven otros y aprovechan los desastres naturales para regenerarse, pues los tallos más jóvenes utilizan los claros que deja la devastación para captar la luz que necesitan. El terreno es fangoso y me cuesta bastante caminar. Las ramas de los árboles se mezclan con sus raíces de una manera caótica y si tengo que ser sincero, me pone un poco nervioso. Estos árboles juegan un papel fundamental en la lucha contra el cambio climático y no sabía ni lo que eran. A parte de su función fotosintética, tienen la capacidad para transformar el CO2 en materia orgánica y utilizarla como compostaje natural a modo de carbono azul.

El aviso de tsunami se activa y nosotros aportamos nuestro granito de arena a la reserva pasando la tarde plantando árboles cerca de la playa. El lugar es maravilloso y mientras le saco un par de fotos a Carmen no paro de preguntarme como estarán las cosas por Ponce. Volvemos al Aquarela y toda la marina está sin luz, le robo el móvil al capitán para mandarle un WhatsApp a mi madre, me ducho y me acuesto. Mañana vamos al epicentro de terremoto.

Volvemos a madrugar y me levanto antes que nadie para entrenar. No he podido dormir bien porque los ronquidos de mis compañeras se mezclaban con mis pensamientos. Por fin vamos a poder ver que está pasando en el sur de la isla.

Llegamos a Ponce y nos encontramos la ciudad vacía, la poca gente que queda está durmiendo en sus coches por temor a nuevas réplicas. Llevan 12 terremotos en las últimas 12 horas y, a pesar de todo esto, nuestros contactos locales se vuelcan con nosotros y nos lo dan todo una vez más.

Carmen encabeza la entrevista con una de las guías turísticas de la ciudad, donde hablamos sobre la esclavitud frente al monumento que conmemora su abolición. A escasos metros tenemos un edifico derrumbado y otros 2 a punto de colapsar. La policía acordona la zona y nos dice que estamos arriesgando la vida. Nos damos toda la prisa que podemos y nos preparamos para ir al centro cultural Carmen Solá Pereira. Esperaba encontrarme con gente desolada, sin ganas de recibir a nadie y de nuevo me quedo sorprendido. Nos reciben con tambores en mano y me invitan a sentarme con ellos. Ni siquiera hemos empezado a grabar y ya se que todo va a ir sobre ruedas. Carmen se emociona hablando con uno de los descendientes del pueblo originario taíno y yo me pongo a tocar bomba con ellos. Todo desemboca en una fiesta inesperada y nosotros acabamos bailando, o al menos intentándolo. Y es que la resiliencia a los desastres naturales de sus bosques y manglares no dista mucho de la actitud que tienen los boricuas.

La gente de Puerto Rico está hecha de otra pasta. Volveré para quedarme, pero tenemos que seguir grabando.